Una historia sobre los sueños, la imaginación y el poder de creer.
A principios del año 2016, cuando mi hija tenía apenas 13 años y se disponía a comenzar un nuevo año escolar, una de sus primeras tareas consistió en crear una historieta o escribir un cuento. No estoy seguro de si para entonces, ella ya era consciente de cuánto me gustaba escribir, inventar historias y dejar volar mi imaginación. Lo cierto es que, en aquella ocasión, se acercó a mí y me pidió que la ayudara con su tarea.
No podía imaginar que aquella sencilla petición se convertiría en una oportunidad para compartir con ella algo que siempre ha formado parte de mí: el gusto por contar historias, imaginar mundos posibles y convertir los pensamientos en palabras. Y, como suele suceder cuando los sueños de los hijos se encuentran con la imaginación de un padre, aquella tarea escolar terminó convirtiéndose en algo mucho más especial. Acepté encantado. Pero, antes de comenzar, recordé uno de sus sueños de vida, uno de esos sueños que me compartió en su momento y que siempre he escuchado con una mezcla de ternura y admiración.
De pequeña me dijo que, cuando fuese grande, quería ser astronauta, viajar a la Luna y encontrar la manera de producir oxígeno en ella para que algún día pudiese ser habitada por los seres humanos.
¡Qué maravilloso es escuchar los sueños de un niño! Su imaginación no conoce fronteras, sus aspiraciones no parecen tener límites y aquello que para un adulto podría parecer imposible, para ellos es simplemente algo que todavía no han conseguido hacer realidad.
Así que decidí tomar su sueño como punto de partida y crear esta historia que hoy quiero compartir con ustedes.
HABITANTES EN LA LUNA
Había una vez un científico escocés llamado Karloff Page (nombre inventado), un hombre curioso, apasionado por la ciencia y, sobre todo, un soñador empedernido. Pasaba largas horas observando el cielo, estudiando los planetas y preguntándose qué habría más allá de aquello que sus ojos podían alcanzar.
Un día, mientras contemplaba la inmensidad del universo, comenzó a pensar en el futuro de la humanidad. Se preguntó si algún día la Tierra dejaría de ser suficiente para albergar a todos sus habitantes y si tendríamos que buscar nuevos lugares donde vivir.
Después de mucho investigar, llegó a una conclusión: la Luna, por ser el cuerpo celeste más cercano a nuestro planeta, podría convertirse en un lugar donde los seres humanos establecieran una nueva civilización.
Sin embargo, había un pequeño inconveniente: ¡en la Luna no había aire que pudiéramos respirar!
Aquello no desanimó a Karloff. Por el contrario, despertó en él una idea que pronto se convertiría en el mayor desafío de su vida.
—¡Voy a crear oxígeno en la Luna! —exclamó con entusiasmo.
Comenzó entonces a investigar cómo podría conseguirlo. Revisó libros, consultó estudios científicos y pasó noches enteras pensando en una solución. Hasta que, una mañana, mientras observaba las plantas de su jardín, recordó algo que había aprendido muchos años atrás: las plantas producen oxígeno mediante la fotosíntesis.
¡Eureka! ¡Había encontrado una posible respuesta!
Si las plantas podían producir oxígeno, ¿por qué no llevarlas a la Luna y crear allí enormes bosques que permitieran a los seres humanos respirar?
La idea le pareció extraordinaria. Sin perder tiempo, consiguió todas las macetas que pudo, compró tierra fértil, seleccionó diferentes semillas y comenzó a sembrarlas. Cada día las regaba, las cuidaba y observaba con paciencia cómo aquellas pequeñas semillas comenzaban a germinar.
Su jardín se convirtió en un pequeño laboratorio. Allí crecían las futuras protagonistas de su gran proyecto: plantas que algún día se transformarían en árboles gigantescos, robustos y frondosos.
Pero Karloff sabía que no bastaba con tener una buena idea. Necesitaba prepararse para llevarla a cabo.
Vendió algunas de sus pertenencias, reunió todos sus ahorros y compró los primeros boletos para viajar a la Luna. También consiguió un pequeño soplete, herramientas, recipientes especiales y todo lo que consideró necesario para cuidar de sus pequeñas plantas durante aquella extraordinaria aventura.
Llegó finalmente el día tan esperado.
Karloff empacó sus maletas, reunió cuidadosamente todas las macetas y emprendió su primer viaje hacia la Luna.
Al llegar, contempló maravillado aquel paisaje silencioso, inmenso y desconocido. La superficie lunar se extendía ante sus ojos como un desierto interminable. No había árboles, no había flores, no había pájaros que cantaran. Todo parecía indicar que la vida, tal como él la conocía, no tenía cabida en aquel lugar.
Pero Karloff no había viajado hasta allí para contemplar un paisaje desolado. Había llegado con un propósito.
Comenzó a distribuir sus macetas en distintos lugares, procurando que recibieran la luz del sol. Luego buscó hielo lunar, lo derritió con ayuda de sus herramientas y consiguió el agua necesaria para regar las pequeñas plantas.
Antes de regresar a la Tierra, las protegió cuidadosamente dentro de pequeños invernaderos que había preparado para mantenerlas a salvo de las condiciones extremas de la Luna.
Aquella primera expedición fue apenas el comienzo.
Karloff regresó varias veces. En cada viaje llevaba nuevas semillas, herramientas y materiales para mejorar sus pequeños invernaderos. Cuidaba cada planta como si fuera un tesoro y dedicaba largas jornadas a observar su crecimiento.
No siempre las cosas salían como esperaba. Algunas plantas no sobrevivían, otras tardaban más de lo previsto en crecer y, en ocasiones, las dificultades parecían superar sus posibilidades. Sin embargo, nunca abandonó su propósito.
Sabía que estaba trabajando en algo mucho más grande que él mismo.
Con el paso del tiempo, sus esfuerzos comenzaron a dar frutos. Las pequeñas plantas crecieron, se fortalecieron y fueron convirtiéndose en árboles cada vez más grandes. Los invernaderos se multiplicaron y aquel paisaje que antes parecía completamente deshabitado comenzó a transformarse en un extraordinario jardín lunar.
Karloff había conseguido que las plantas produjeran oxígeno en aquellos espacios especialmente acondicionados, creando las primeras zonas donde los seres humanos podrían respirar y permanecer durante largos períodos.
La noticia recorrió el mundo entero.
Científicos, astronautas y exploradores de distintos países comenzaron a interesarse por su descubrimiento. Pronto llegaron nuevas expediciones, se construyeron estaciones de investigación y comenzaron a establecerse pequeñas comunidades.
Con los años, aquellos primeros jardines se convirtieron en extensos bosques protegidos, y la Luna dejó de ser únicamente un lugar que contemplábamos desde la Tierra para convertirse en un nuevo hogar para la humanidad.
Karloff Page había conseguido lo que muchos consideraban imposible.
Y así fue como aquel científico escocés, que un día se atrevió a imaginar algo extraordinario, terminó haciendo realidad uno de los sueños más grandes de la humanidad: ¡crear oxígeno en la Luna!
Pero lo más importante de esta historia no fue el descubrimiento científico, sino algo mucho más sencillo y profundo: todo comenzó con una idea, con un sueño y con alguien que se atrevió a creer que podía hacerlo realidad.
EL MARAVILLOSO PODER DE SOÑAR
Les comparto esta historia porque detrás de ella hay una hermosa verdad. Es una reflexión acerca de los sueños y de esa extraordinaria capacidad que tenemos los seres humanos de imaginar aquello que todavía no existe y de aspirar a convertirlo en realidad.
Y no me refiero a los sueños que experimentamos mientras dormimos, sino a esos otros sueños que nacen en lo más profundo de nuestro ser; a las aspiraciones que alimentamos en nuestro pensamiento, a los anhelos que guardamos en nuestro corazón y a esos propósitos que, de una u otra manera, nos gustaría alcanzar a lo largo de nuestra vida.
Todos tenemos sueños. Algunos son grandes, otros aparentemente pequeños, pero cada uno tiene un significado particular para quien lo lleva dentro.
Hay quienes sueñan con convertirse en grandes estrellas del deporte, en excelsos cantantes, reconocidas actrices, extraordinarios bailarines o profesionales destacados. Otros sueñan con alcanzar una posición importante, construir una empresa, tener estabilidad económica o conseguir una vida llena de comodidades.
También están aquellos sueños que no necesitan reconocimiento ni aplausos: tener una casa propia, formar una familia, encontrar a la persona con quien compartir la vida, ver crecer a nuestros hijos, alcanzar la tranquilidad o simplemente vivir en paz.
No importa cuán grande o pequeño sea nuestro sueño. Lo verdaderamente importante es que tengamos algo que nos inspire, algo que nos motive a levantarnos cada mañana con la ilusión de seguir adelante.
Porque soñar es mucho más que imaginar. Es permitirnos visualizar un futuro diferente, reconocer nuestras aspiraciones y encontrar razones para trabajar por aquello que deseamos alcanzar.
Los sueños deberían ser esa catapulta que nos impulse a avanzar, esa fuerza que nos permita establecer objetivos y descubrir que nuestra vida todavía tiene mucho por construir.
Pero hay algo que debemos comprender: los sueños, por sí solos, no hacen realidad nuestros anhelos. Necesitan de nuestra voluntad, de nuestro esfuerzo, de nuestra disciplina y, sobre todo, de nuestra perseverancia. Habrá obstáculos, dificultades y momentos en los que quizá sintamos que aquello que tanto deseamos está demasiado lejos. Incluso habrá quienes nos digan que no podremos conseguirlo.
Es precisamente entonces cuando debemos recordar por qué comenzamos.
Un sueño nos inspira, pero el compromiso con ese sueño nos transforma. Nos obliga a descubrir capacidades que quizá desconocíamos, a superar nuestros propios límites y a convertirnos en personas más fuertes y decididas.
Cuando soñamos y deseamos alcanzar algo con el corazón, nuestra vida adquiere un nuevo sentido. Nuestra fe crece, nuestras esperanzas se renuevan y nuestras ganas de vivir se fortalecen.
No es casualidad que algunas de las transformaciones más importantes de la humanidad hayan comenzado precisamente con el sueño de alguien que se atrevió a imaginar un mundo diferente.
Martin Luther King Jr., en su histórico discurso pronunciado el 28 de agosto de 1963, compartió con el mundo una de las frases más inspiradoras de la historia: «I Have a Dream» (Yo tengo un sueño).
Aquel sueño no era una aspiración personal. Era el anhelo de una sociedad en la que las personas, independientemente del color de su piel, pudieran convivir en igualdad, libertad y fraternidad. Un sueño que movilizó conciencias, inspiró generaciones y contribuyó a transformar la historia de los derechos civiles en Estados Unidos.
Su sueño nos recuerda que hay aspiraciones que trascienden nuestra propia existencia y que pueden convertirse en inspiración para millones de personas.
Rick Warren, pastor y escritor, expresa una idea que también merece nuestra atención:
«Hay personas comunes comprometidas con grandes sueños. Cuando te comprometes con un gran sueño, esta saca algo de ti y te ayudará a ser más grande de lo que llegarías a ser de cualquier otra forma».
¡Cuánta verdad hay en estas palabras!
Los grandes sueños nos desafían. Nos hacen salir de nuestra zona de comodidad y nos llevan a descubrir de qué somos capaces. Nos permiten comprender que muchas veces no se trata de tener capacidades extraordinarias, sino de encontrar una razón suficientemente poderosa para dar lo mejor de nosotros mismos.
Y cuando hablo de sueños, no puedo dejar de referirme a Dios.
Como creyente, estoy convencido de que nuestra vida tiene un propósito y que Dios tiene planes maravillosos para cada uno de nosotros. Planes que muchas veces no alcanzamos a comprender, pero que podemos descubrir cuando aprendemos a confiar en Él y a caminar con fe.
La Biblia nos regala una de las promesas más hermosas en Jeremías 29:11:
«Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes —afirma el Señor—, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza».
Qué hermoso es saber que nuestra existencia no carece de propósito; que hay una esperanza que nos acompaña y que, aun cuando las circunstancias parezcan adversas, siempre podemos encontrar en Dios la fortaleza para continuar.
Creo que cada uno de nosotros tiene la responsabilidad de descubrir y desarrollar los talentos que ha recibido, de trabajar por sus aspiraciones y de poner sus capacidades al servicio de un propósito que dé sentido a su vida.
Dios nos concede la vida, nos regala talentos y nos permite soñar. A nosotros nos corresponde caminar con fe, actuar con determinación y hacer nuestra parte para que esos sueños puedan convertirse en realidad.
Por eso, hoy quiero invitarlos a que nunca dejen de soñar. No permitan que los años, las dificultades, los temores o las opiniones de los demás apaguen esa capacidad maravillosa de imaginar un futuro mejor.
Nunca consideren que es demasiado tarde para comenzar algo nuevo, para proponerse una meta o para perseguir aquello que siempre han deseado.
Y esto mismo se los dije alguna vez a mis hijos: Nunca dejen de soñar. Sigan alimentando esa imaginación tan hermosa que tienen y conserven siempre esa ilusión de llegar más lejos de lo que sus ojos puedan ver. Si algún día deciden convertirse en “astronautas”, estudien, prepárense, trabajen con dedicación y no permitan que las dificultades les hagan renunciar a su propósito.
Y a ti, que me lees, te digo: Y quién sabe… quizá algún día estés dentro de una nave espacial, contemplando la inmensidad del universo desde una ventana y preparándote para dar tus primeros pasos sobre la superficie lunar. Tal vez lleves contigo algunas semillas, pequeñas plantas y el sueño que un día compartiste con alguien, quizá con tus padres: encontrar la manera de producir oxígeno en la Luna para que otros seres humanos puedan habitarla. Y si ese día llega, quiero que recuerdes que todo comenzó cuando eras un niño que se atrevió a soñar y que a lo mejor tuviste un papá, una mamá o alguien más que creyó en sus sueños. Nunca debes renunciar a tus sueños. Trabaja por ellos, lucha por ellos, encomiéndalos a Dios y ten siempre presente que no hay mayor satisfacción que mirar hacia atrás y descubrir que aquello que alguna vez imaginaste, un día, con esfuerzo, fe y perseverancia, se convirtió en realidad.
MarioG Autor

