En diciembre del 2012, mientras conducía mi vehículo por una de las calles de la ciudad, una escena llamó mi atención. Junto a mí avanzaba un hombre que empujaba un carretón de sorbetes y, sobre él, viajaban sentados tres niños.
Supuse que aquel hombre, después de una larga jornada de trabajo, conducía a sus hijos de regreso a casa. Los pequeños parecían disfrutar del recorrido, ajenos quizá al esfuerzo físico que realizaba su padre, quien empujaba el carretón con cuidado por el tráfico de las calles y procurando que nada pusiera en riesgo la vida de aquellos que, para él, seguramente representaban lo más valioso de su existencia.
Me quedé pensando en aquella imagen. No había en ella grandes riquezas, comodidades ni lujos. Había, sencillamente, un padre haciendo un esfuerzo por sus hijos. Y en ese esfuerzo, tan cotidiano como silencioso, pude reconocer una de las expresiones más genuinas del amor: proteger la vida vulnerable de quienes dependen de nosotros. Ello me llevó a reflexionar sobre la responsabilidad que tenemos como sociedad de cuidar a nuestra niñez. Los niños representan el futuro de una nación, pero también constituyen su presente más vulnerable. La manera en que los protegemos, educamos y acompañamos determinará, en buena medida, el mundo que mañana construiremos.
Sin embargo, resulta doloroso comprobar cuán lejos estamos, muchas veces, de ese ideal.
Curiosamente esa escena del carretón de sorbetes, ocurrió pocos días después de una tragedia que había estremecido al mundo: la matanza del 14 de diciembre de 2012 en la escuela primaria Sandy Hook, en Newtown, Connecticut, Estados Unidos. Allí, un joven de veinte años, Adam Lanza, acabó con la vida de veinte niños y seis adultos.
La coincidencia de ambos acontecimientos me llevó a esta reflexión que les comparto. Por un lado, había tenido la oportunidad de contemplar y fotografiar a un padre que, con esfuerzo y dedicación, conducía a sus hijos de regreso a casa, procurando su bienestar en medio de las dificultades cotidianas. Por otro, el mundo lloraba la pérdida de veinte niños cuya vida había sido arrebatada violentamente en un lugar donde deberían haber estado seguros.
Dos escenas distintas, ocurridas en un mismo tiempo, pero unidas por una misma realidad: la vulnerabilidad de la niñez y la responsabilidad que tenemos de protegerla. Aquella imagen, sumada al dolor que me produjo conocer la tragedia de Sandy Hook, fue lo que me llevó a meditar sobre el amor, el cuidado y la seguridad que debemos ofrecer a nuestros niños. Porque mientras unos padres luchan cada día por proteger la vida de sus hijos, existen otros niños cuya inocencia no logra resguardarlos de la violencia de este mundo. Veintiséis vidas apagadas. Veinte niños que apenas comenzaban a descubrir el mundo y seis adultos que, como parte de su labor cotidiana, se encontraban allí. Detrás de cada una de esas vidas había una historia, una familia, sueños por realizar y un futuro que nunca llegó.
¿Cómo comprender que un lugar destinado a enseñar, aprender y crecer pueda convertirse en escenario de semejante tragedia? ¿Cómo aceptar que aquellos a quienes deberíamos ofrecer seguridad se encuentren expuestos a una violencia capaz de arrebatarles la vida de la manera más inesperada?
Esta tragedia, como tantas otras que han ocurrido antes y después, nos obliga a mirar más allá del hecho en sí mismo. Nos invita a preguntarnos qué estamos haciendo como sociedad para proteger a nuestros niños, qué clase de mundo les estamos heredando y cuánto estamos dispuestos a comprometernos para evitar que la violencia continúe arrebatándoles su futuro.
La historia nos recuerda que la amenaza contra la niñez no es nueva. Hace más de dos mil años, según el relato del Evangelio de Mateo, el rey Herodes, temiendo perder su poder ante el nacimiento de Jesús, ordenó la muerte de los niños menores de dos años en Belén y sus alrededores.
El evangelista lo relata de esta manera:
«Herodes, al verse burlado por los magos, se enfureció mucho y mandó matar a todos los niños de Belén y de toda su comarca, de dos años para abajo» (Mateo 2:16).
Siglos después, la humanidad volvería a ser testigo de una de las páginas más oscuras de su historia. Durante el Holocausto, perpetrado por la Alemania nazi y sus colaboradores durante la Segunda Guerra Mundial, aproximadamente seis millones de judíos fueron asesinados. Entre ellos se encontraban alrededor de un millón y medio de niños judíos, cuyas vidas fueron truncadas por la persecución, el odio y una ideología que les negó incluso el derecho a existir. Muchos fueron asesinados en campos de exterminio, mientras que otros murieron en guetos, fusilamientos masivos y otras formas de violencia y privación.
Detrás de aquella cifra estremecedora había millones de historias que nunca pudieron llegar a escribirse: niños que jamás alcanzarían la edad adulta, que no volverían a jugar con sus amigos, abrazar a sus padres ni conocer las oportunidades que la vida pudo haberles ofrecido. Eran vidas que apenas comenzaban, sueños que nunca se cumplirían y familias condenadas a un dolor imposible de medir.
Al recordar estos acontecimientos, resulta inevitable preguntarnos cómo el ser humano ha sido capaz de cometer semejantes atrocidades contra seres tan indefensos. ¿Qué puede llevar a una sociedad a perder de tal manera el sentido de la humanidad que llega a justificar la persecución y el exterminio de niños inocentes?
Desde el relato de Herodes hasta las atrocidades del Holocausto, y desde aquellas tragedias históricas hasta las matanzas que todavía conmocionan al mundo, encontramos una dolorosa constante: la niñez continúa siendo víctima de decisiones, ideologías y actos de violencia que destruyen su presente y le arrebatan su futuro.
Cambian las épocas, los escenarios y las circunstancias, pero persiste una realidad que debería avergonzarnos como humanidad: los más vulnerables siguen pagando, con demasiada frecuencia, las consecuencias del odio, la ambición, la intolerancia y nuestra incapacidad para construir sociedades donde la vida sea respetada por encima de cualquier interés.
No podemos cambiar el pasado, pero sí podemos aprender de él. Recordar a esos millones de niños no debe ser únicamente un acto de memoria, sino también un compromiso con la vida. Porque cada niño que muere víctima de la violencia representa mucho más que una cifra: es una existencia irrepetible, una esperanza frustrada y una parte del futuro que perdemos todos.
Hoy podríamos decir que un Herodes y que un Hitler siguen presentes bajo distintos rostros. No necesariamente lleva una corona ni gobierna desde un palacio. A veces se manifiesta en la violencia que arrebata vidas; otras, en la indiferencia ante el sufrimiento, en la pobreza que condena a tantos niños a crecer sin oportunidades, en el abandono y en la falta de protección de quienes más necesitan de nosotros.
Esos son algunos de los rostros de una realidad que amenaza la vida y oscurece la esperanza.
Pero no basta con lamentarnos. La indignación que sentimos ante estas tragedias debe convertirse en compromiso y acción. Proteger a la niñez no es una tarea exclusiva de los padres, de los gobiernos o de las instituciones educativas. Es una responsabilidad compartida que nos involucra a todos.
Necesitamos leyes justas que protejan a los más vulnerables, educación accesible y de calidad, servicios de salud, oportunidades para las familias y comunidades capaces de ofrecer a sus niños entornos seguros donde puedan crecer, aprender y desarrollar sus capacidades.
También necesitamos algo que ninguna ley puede sustituir por completo: la disposición de mirar al otro con humanidad, de reconocer el sufrimiento ajeno y de comprender que cada niño merece vivir con dignidad, rodeado de amor y protegido de todo aquello que amenace su integridad.
No podemos construir una nación mejor si permitimos que nuestros niños crezcan entre el miedo, la violencia y la desesperanza. El futuro no se edifica únicamente con grandes proyectos, avances tecnológicos o crecimiento económico. También se construye con cada gesto de protección, con cada oportunidad brindada y con cada vida que decidimos cuidar.
Y en medio de esta reflexión social, encuentro en las palabras de Jesús una enseñanza que conserva toda su fuerza:
«Dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos» (Marcos 10:14).
El Evangelio nos cuenta que algunas personas acercaban a los niños a Jesús para que los tocara, pero sus discípulos intentaban impedirlo. Al verlo, Jesús se indignó y les pidió que dejaran a los pequeños acercarse a él. Después, los tomó en sus brazos y los bendijo.
Me conmueve pensar en ese gesto. Jesús no se limitó a hablar de los niños ni a reconocer su importancia: los recibió, los abrazó y les ofreció su bendición. En aquel abrazo había cercanía, aceptación, ternura y protección.
Quizá esa sea una de las lecciones más importantes que podemos extraer de este pasaje: el amor verdadero no se limita a decir que ama; se hace presente, cuida, protege y actúa.
Aquel padre que empujaba su carretón por las calles, haciendo un esfuerzo para llevar a sus hijos a casa, me recordó precisamente eso. No sé cuáles eran sus circunstancias ni cuáles serían sus preocupaciones al terminar el día. Pero aquella imagen me permitió reconocer que, incluso en medio de las limitaciones, el amor encuentra maneras de expresarse.
Tal vez no todos podamos cambiar el mundo de una sola vez. Sin embargo, todos podemos contribuir a que sea un lugar más seguro y humano para nuestros niños. Podemos comenzar en nuestros hogares, en nuestras comunidades, en nuestras escuelas y en la manera en que respondemos al sufrimiento de los demás.
No olvidemos que cada niño que protegemos es una esperanza que permanece viva; cada niño que educamos es una oportunidad para construir un futuro diferente, y cada niño al que ofrecemos amor y seguridad es una vida a la que ayudamos a crecer con dignidad.
Que nunca nos acostumbremos a las noticias que anuncian la muerte de un niño. Que nunca nos resulte indiferente su sufrimiento. Y que nunca olvidemos que, allí donde un niño necesita protección, tenemos una responsabilidad que no podemos ignorar.
Si Jesús tomó a los pequeños en sus brazos para bendecirlos, que también nosotros aprendamos a abrir los nuestros para recibirlos, protegerlos y ofrecerles la seguridad de saberse amados.
Porque cuidar de la niñez es cuidar de la vida. Y cuidar de la vida es una de las formas más profundas de practicar el amor.

