Una reflexión sobre la vida, la despedida y la huella que dejamos
Hace poco tomé una decisión que, para algunas personas, podría parecer extraña: contraté un servicio funerario para mí.
No estoy enfermo. No recibí un diagnóstico que me obligara a pensar en la cercanía de la muerte ni tengo razones para creer que mi despedida esté próxima. Lo hice por prevención, por tranquilidad y, sobre todo, por consideración hacia las personas que algún día tendrán que afrontar mi ausencia.
Quise resolverlo mientras puedo hacerlo por mí mismo. No dejar esa responsabilidad sobre los hombros de quienes, en medio del dolor, tendrán que aprender a aceptar que ya no estoy.
Y, curiosamente, lejos de producirme tristeza, la decisión me ha llenado de alegría.
Siento que he quitado una piedra más de esa mochila invisible que todos llevamos por la vida. Una preocupación menos, un asunto resuelto, una previsión que me permite continuar mi camino con mayor ligereza.
No sé cuándo llegará ese momento. Tampoco necesito saberlo.
La muerte tiene su propio calendario y no acostumbra a consultar nuestros planes. Puede presentarse después de una larga vida o interrumpir una existencia cuando todavía quedan proyectos por realizar, palabras por pronunciar y abrazos que creíamos tener asegurados. Ninguno de nosotros conoce la fecha de su última mañana.
Sin embargo, pasamos buena parte de nuestra existencia comportándonos como si dispusiéramos de un tiempo ilimitado. Postergamos conversaciones, aplazamos decisiones, acumulamos preocupaciones y, en ocasiones, dejamos para después aquello que verdaderamente importa.
Quizá por eso me ha resultado tan liberador anticiparme a una circunstancia que, aunque inevitable, todavía no ocupa un lugar inmediato en mis días.
He resuelto una pequeña parte de mi despedida para poder concentrarme mejor en mi permanencia.
Porque no quiero vivir pensando en la muerte. Quiero vivir sabiendo que existe.
Hay una diferencia profunda entre ambas cosas. Pensar constantemente en ella puede robarnos la tranquilidad del presente; reconocerla como parte de nuestra condición humana, en cambio, puede ayudarnos a comprender mejor el valor de cada día.
No contraté un servicio funerario porque quiera marcharme. Lo hice porque quiero seguir viviendo sin dejar pendiente una responsabilidad que puedo resolver ahora.
Y esa diferencia, aunque parezca sencilla, ha cambiado mi manera de sentir este asunto.
Cuando la muerte llame a mi puerta, quisiera recibirla sin el temor de haber dejado sobre los demás aquello que estuvo en mis manos resolver. No sé si entonces tendré serenidad, si me acompañará alguna pregunta o si sentiré la natural resistencia de quien todavía encuentra motivos para permanecer. Sería ingenuo pretender conocer las emociones de un momento que aún no ha llegado.
Pero sí puedo elegir desde ahora la actitud con la que deseo acercarme a esa realidad: sin dramatismos innecesarios, sin convertirla en una sombra sobre mis días y sin permitir que el miedo a perder la vida me impida disfrutarla.
Quiero seguir despertando con proyectos, descubrir nuevas ideas, escribir lo que todavía me falta escribir y encontrar en las cosas sencillas motivos suficientes para agradecer que sigo aquí.
Quiero continuar observando a las personas, escuchando sus historias y preguntándome qué hay detrás de sus silencios. Quiero seguir buscando palabras para esas emociones que muchas veces experimentamos sin saber cómo nombrarlas.
Quiero, en definitiva, seguir viviendo.
Porque aceptar que algún día moriré no significa renunciar a la vida. Significa comprender que su duración no está bajo mi control, pero que todavía puedo decidir qué hacer con el tiempo que me ha sido concedido.
Y si hay algo que me inquieta más que la idea de morir, no es desaparecer físicamente, sino marcharme sin haber dejado algo que merezca ser recordado.
No me refiero a dejar bienes materiales, alcanzar reconocimientos o conseguir que mi nombre permanezca inscrito en algún lugar. Todo eso tiene su importancia relativa, pero el tiempo termina colocando cada cosa en su dimensión verdadera.
Me refiero a algo menos visible y, quizá por eso, más duradero.
A las palabras que alguna vez ayudaron a alguien a comprenderse mejor. A una reflexión que llegó en el momento oportuno. A una enseñanza que permitió mirar una dificultad desde otra perspectiva. A un poema que puso voz a un sentimiento que otra persona llevaba años guardando dentro de sí.
Me gustaría pensar que, cuando ya no esté, alguien encontrará uno de mis escritos y descubrirá en él una parte de su propia historia.
Que alguna de mis reflexiones le permita reconciliarse con una decisión, comprender una pérdida, reconocer un error o recuperar el valor para comenzar de nuevo.
Que alguien pueda leerme y sentir que no está solo en aquello que le ocurre, que otros también han dudado, amado, perdido, esperado y aprendido a continuar.
Si consigo dejar algo de eso, sentiré que una parte de mi existencia habrá cumplido su propósito.
Por eso escribo. No solamente para contar lo que pienso o dejar constancia de lo que he vivido, sino para intentar convertir la experiencia en comprensión y la comprensión en palabras que puedan servir a otros.
Quizá esa sea una de las formas más hermosas de trascender: transformar una parte de lo vivido en algo que continúe acompañando a los demás cuando nosotros ya no podamos hacerlo.
No sé quién leerá mis textos dentro de veinte, treinta o cincuenta años. Tal vez alguien que todavía no ha nacido. Tal vez una persona que nunca habría tenido la oportunidad de conocerme. No sé si mis palabras sobrevivirán al tiempo ni cuánto de ellas permanecerá en la memoria de quienes hoy forman parte de mi vida.
Pero puedo escribirlas con honestidad. Puedo procurar que contengan algo más que frases bonitas. Puedo intentar que cada reflexión lleve consigo una pregunta, una experiencia o una pequeña luz que ayude a mirar la existencia desde otro lugar.
Lo demás ya no dependerá de mí.
He comenzado a comprender que tampoco necesito controlar la forma en que seré recordado. Cada persona conservará una versión distinta de quien fui: alguien recordará una conversación, otro una decisión, otro una sonrisa, y quizá alguien conserve una herida que yo nunca supe que había causado.
Somos muchas cosas en la memoria de los demás, y no todas nos pertenecen por completo.
Por eso, mientras tenga tiempo, quisiera cuidar no solamente lo que dejo escrito, sino también la manera en que trato a quienes se cruzan en mi camino. Porque sería contradictorio aspirar a dejar enseñanzas hermosas en mis textos y olvidar la importancia de la conducta cotidiana.
De poco serviría hablar de humanidad si no procuro practicarla. De nada serviría escribir sobre el amor si mis actos no reflejaran consideración. Y tendría poco sentido reflexionar sobre la vida si no aprendiera a respetar la de los demás.
La huella que deseo dejar no puede construirse únicamente con palabras. También tendrá que sostenerse en mis decisiones, en mis errores reconocidos, en la capacidad de rectificar y en la disposición de seguir aprendiendo hasta el último día.
No aspiro a que me recuerden como alguien que tuvo todas las respuestas. Prefiero que, si alguna vez vuelven a mis escritos, encuentren a alguien que se atrevió a formular preguntas, a revisar sus certezas y a buscar sentido incluso en las experiencias que no supo comprender del todo.
Porque también de nuestras contradicciones se aprende. A veces, incluso más que de nuestros aciertos.
Y cuando llegue la despedida, si la vida me concede la oportunidad de vivirla con conciencia, quisiera hacerlo sin sentir que debo aferrarme desesperadamente a todo aquello que inevitablemente tendré que dejar.
Habré amado lo que pude amar, aprendido lo que pude aprender y escrito hasta donde me hayan alcanzado las palabras.
Seguramente quedarán asuntos pendientes. Siempre quedan. Alguna conversación que debió ocurrir, algún lugar que no llegué a conocer, alguna página que se quedó esperando su último párrafo.
Tal vez esa sea una de las lecciones más difíciles de aceptar: ninguna vida termina con todas sus historias perfectamente resueltas.
Pero no quisiera medir la mía por aquello que me faltó hacer, sino también por todo lo que tuve la oportunidad de vivir.
Por las mañanas que pude contemplar, las personas que conocí, las preguntas que me acompañaron y los momentos en los que descubrí que todavía era posible aprender algo nuevo sobre mí mismo y sobre el mundo.
Si algún día alguien se pregunta cómo veía yo la muerte, me gustaría que encontrara estas palabras y comprendiera que no viví esperando su llegada. Viví procurando que su existencia no me hiciera olvidar la mía.
Hoy he contratado un servicio funerario. He resuelto un asunto práctico y siento una tranquilidad que no esperaba. No hay en ello una despedida anticipada, sino una decisión tomada desde la conciencia de que mi vida, como todas, tiene un límite.
Y precisamente porque lo tiene, quiero seguir aprovechándola.
Quiero que mis días restantes, sean muchos o pocos, no se conviertan en una cuenta regresiva, sino en una oportunidad para continuar construyendo, aprendiendo, compartiendo y escribiendo.
Porque la muerte podrá poner fin a mi presencia, pero no necesariamente a todo aquello que haya logrado entregar al mundo.
Quizá alguien encuentre un poema mío cuando yo ya no esté. Quizá una reflexión sobreviva a mi voz y llegue a una persona cuyo nombre nunca conoceré. Quizá una idea sembrada en estas páginas encuentre su verdadero significado mucho después de haber sido escrita.
Y si eso ocurre, aunque yo no pueda saberlo, algo de mi paso por esta vida habrá continuado su camino.
Por eso, cuando la muerte llame a mi puerta, no quisiera que mi historia se resumiera en la tristeza de mi partida. Quisiera que quienes me conocieron pudieran recordar también lo que compartimos, lo que aprendimos y aquello que, de una manera u otra, nos ayudamos a comprender.
No les pediría que no lloraran. El afecto tiene sus propias formas de expresarse y cada ausencia encuentra su manera de doler.
Solo desearía que, después de la tristeza, la vida volviera a abrirse paso. Que mis seres queridos siguieran construyendo sus propios caminos, que encontraran motivos para reír y que no sintieran que recordarme les impide continuar.
Porque querer a alguien no debería significar quedarse detenido en el lugar donde lo perdimos.
Y porque, si algo quisiera dejarles como última enseñanza, sería precisamente eso: que la vida merece ser vivida incluso después de las despedidas, que siempre habrá algo por descubrir mientras tengamos aliento y que ninguna ausencia debería robarnos para siempre la posibilidad de encontrar alegría.
Hoy estoy aquí. Puedo escribir estas palabras, corregirlas, cambiarlas y seguir buscando la manera más honesta de expresar lo que siento.
Hoy todavía puedo hacer planes.
Hoy todavía puedo sorprenderme.
Hoy todavía puedo aprender a vivir mejor.
Y eso es lo que verdaderamente importa.
No sé cuándo llegará el último capítulo de mi historia. No necesito escribirlo por adelantado ni conocer la última frase que habrá de contener.
Me basta con saber que, mientras siga teniendo páginas por delante, quiero llenarlas de vida.
Y si algún día el libro se cierra, ojalá quede en sus páginas algo que invite a otros a seguir escribiendo las suyas.
Porque quizá la mejor manera de prepararse para la muerte no sea pensar en cómo termina nuestra historia, sino preguntarnos qué estamos haciendo hoy para que haya valido la pena contarla.
No quiero que mi muerte sea el centro de mi historia. Quiero que lo sea la vida que tuve la oportunidad de vivir y la huella que, con mis palabras y mis actos, consiga dejar en los demás.
Y cuando finalmente me toque partir, si algo de lo que escribí ayuda a alguien a comprender mejor su propia existencia, entonces mis palabras habrán encontrado una forma de permanecer.
No para sustituir mi presencia.
Sino para recordarle a alguien, en algún momento de su propio camino, que vivir sigue siendo una oportunidad extraordinaria.
Y que merece la pena aprovecharla hasta el final.
“La vida es efímera, ama y vivirás para siempre”
MarioG Autor

