Un homenaje de un padre a su hijo

A mi hijo:

En esta etapa de mi vida, con más de 60 años, he dedicado cada vez más tiempo a escribir sobre la vida, sus enseñanzas, sus reflexiones y esos pensamientos que, con el paso de los años, van encontrando un lugar en el alma. Sin embargo, entre tantas cosas que he escrito, nunca te había dedicado unas líneas como estas. Hoy quiero hacerlo, hijo mío, y dejarte estas palabras con la esperanza de que, cuando las leas, las guardes no solamente en tu memoria, sino, sobre todo, en tu corazón.

Han pasado unos cuantos meses desde que nos vimos y tuvimos la dicha de compartir nuevamente en familia, de disfrutar ese encuentro entre padre e hijo que tanto valor tiene para mí. Quiero que sepas cuánto me enorgullece ver en el hombre en que te has convertido: un hombre responsable, trabajador y valiente. Porque no cualquiera se atreve a dejar la comodidad del hogar, a sus padres, sus amigos, sus pertenencias y su patria para emprender una aventura en tierras lejanas, con la esperanza de construir un futuro mejor.

Tu deseo de superarte es algo que admiro profundamente y que respeto de corazón. Has hecho algo que yo también habría querido realizar si hubiera tenido las oportunidades que tú has tenido. Por eso, verte avanzar por tu propio camino me llena de satisfacción. Hay una parte de mí que se reconoce en tus esfuerzos, en tus sueños y en esa voluntad de ir más allá de lo conocido.

Dios conoce tu corazón, y seguro estoy que él ha sido generoso contigo, derramando bendiciones sobre tu vida y abriendo caminos para que puedas crecer. No dudo de que continuará acompañándote y ofreciéndote nuevas oportunidades. Mi deseo es que nunca pierdas la fe, que sepas reconocer sus bendiciones y que tengas siempre la sabiduría necesaria para aprovecharlas.

¡Cómo pasa el tiempo! Han transcurrido 30 años desde que llegaste a alegrar nuestro hogar. Naciste como un regalo de Dios, una bendición que transformó nuestras vidas. Todavía recuerdo cuando estabas en el vientre de tu madre y el día en que recibí la noticia de que serías un varón. No puedes imaginar la alegría y el orgullo que sentí. No porque una hija que nazca primero sea motivo de menor orgullo para un padre, sino porque, en mi generación, tener un primogénito varón representaba, de alguna manera, la continuidad del linaje paterno.

Y así llegaste a nuestras vidas. Sin pensarlo demasiado, te bautizamos y te dimos mi nombre: Mario. Quería que llevaras contigo una parte de mí, que mi nombre continuara en ti y que, de alguna manera, nuestro linaje encontrara su continuidad. Pero con los años he comprendido que el verdadero legado de un padre no está en el nombre que transmite, sino en los valores que siembra, en el amor que entrega y en las huellas que deja en el corazón de sus hijos.

Cierro los ojos y todavía puedo verte pequeño, frágil, indefenso entre mis brazos. Recuerdo cómo te sostenía y te mostraba orgulloso ante los demás. Acompañé tus primeros pasos, compré tus primeros juguetes y disfruté de tus ocurrencias, de tu alegría y de esa gracia tan tuya que tantas veces nos hacía sonreír.

También recuerdo cuando jugabas con nuestra mascota, Blakie. Le jalabas las orejas y la cola, y hasta te montabas sobre ella. ¡Cuántas escenas de tu infancia permanecen guardadas en mi memoria! Recuerdo cuando comenzaste tus estudios en el kínder, luego en el colegio, y cómo poco a poco fuiste creciendo, avanzando y preparándote para la vida. Después llegó la universidad y, cuando menos lo imaginé, aquel niño al que había sostenido entre mis brazos estaba emprendiendo su propia aventura.

El tiempo pasó frente a mis ojos casi sin darme cuenta. Aquel pequeño que alguna vez necesitó de mi mano para dar sus primeros pasos ahora caminaba por sí mismo, dispuesto a descubrir el mundo y a escribir su propia historia.

Como padre, siempre quise darte lo mejor. Quise formarte, educarte, enseñarte disciplina y responsabilidad, prepararte para enfrentar la vida con carácter. Sin embargo, en ese afán de hacer de ti un hombre fuerte y responsable, algunas veces se me pasó la mano. Sin darme cuenta, terminé aplicándote casi la misma disciplina que yo había recibido durante mi infancia.

Hoy comprendo que ese fue un error que muchos padres cometemos cuando intentamos educar a nuestros hijos desde lo que nosotros mismos aprendimos, sin detenernos a considerar que los tiempos cambian y que cada niño necesita ser comprendido de una manera diferente.

Si en aquellos años hubiera tenido el conocimiento y la conciencia que hoy poseo, seguramente muchas cosas habrían sido distintas. Habría comprendido mejor tus necesidades, habría tenido más paciencia y quizá habría sabido encontrar otras maneras de enseñarte. No puedo regresar el tiempo ni cambiar lo que ocurrió, pero sí puedo reconocerlo, aprender de ello y agradecer que, a pesar de mis errores, hayas crecido hasta convertirte en el hombre que eres hoy.

Tu comportamiento, tu responsabilidad y la nobleza que has demostrado son motivos de admiración. Siempre he dicho que tienes un corazón limpio y un alma noble, y el tiempo no ha hecho más que confirmármelo.

Hoy he decidido escribirte estas líneas como un homenaje de un padre a su hijo. Quiero que sepas cuánto me honra la persona en que te has convertido y cuánto valoro que me hayas respetado y reconocido como lo que soy: tu padre.

Soy un padre orgulloso de sus dos hijos. Tú y tu hermana son los dos grandes tesoros que Dios me concedió para amar, criar y preparar para la vida. No existe logro material que pueda compararse con la satisfacción de verlos crecer, encontrar sus caminos y convertirse en personas capaces de tomar sus propias decisiones.

Tú y tu hermana son una extensión de mí, no porque deban repetir mi historia, sino porque una parte de mi vida continúa en ustedes. Cada enseñanza que pude transmitirles, cada experiencia compartida y cada expresión de amor forman parte de ese vínculo que el tiempo y la distancia no pueden borrar.

En otra ocasión, al escribirle una carta a tu hermana, le expresé algo que también quiero que tú comprendas: mi existencia física es limitada, pero mi presencia podrá permanecer para siempre en sus mentes y, principalmente, en sus corazones.

Hay una frase que resume maravillosamente ese pensamiento. Es la que magistralmente tatuaste en mi brazo, escrita en latín:

*VITA EFIMERA EST, AMA ET ETERNUM VIVES.*

Es decir: **LA VIDA ES EFÍMERA, AMA Y VIVIRÁS PARA SIEMPRE. **

Cada vez que la recuerdo, pienso en el verdadero sentido de nuestra existencia. La vida pasa, los años avanzan y nuestros cuerpos envejecen. Nada de lo material nos pertenece para siempre. Sin embargo, el amor que damos y recibimos tiene la capacidad de trascender nuestra presencia física.

Así como yo los he amado a ti y a tu hermana, ustedes también me han amado. Y ese amor compartido es suficiente para que una parte de mí permanezca viva eternamente en ustedes. Mientras exista un recuerdo, una enseñanza, una palabra o un gesto que les haga pensar en mí, mi historia continuará acompañándolos.

Hijo mío, le pido a Dios que te conceda los deseos de tu corazón y que nunca te falte la sabiduría para distinguir los caminos que debes seguir. Haz siempre el bien, incluso cuando hacerlo no sea lo más fácil. Mantente firme en tus principios, camina con rectitud y no permitas que las dificultades te aparten de aquello en lo que crees.

Teme a Dios, sigue sus enseñanzas y busca siempre su sabiduría. Actúa con prudencia, respeta a las personas y aprende a distinguir entre quienes aportan algo bueno a tu vida y quienes pueden apartarte de tus valores.

Pero, sobre todo, no olvides disfrutar de la vida. Detente a contemplar esas pequeñas cosas que muchas veces parecen insignificantes, pero que en realidad son las que dan sentido a nuestra existencia: una conversación sincera, una sonrisa inesperada, el abrazo de alguien que nos ama, la tranquilidad de un día cualquiera o la satisfacción de haber hecho algo bueno por otra persona.

Ama sin prejuicios, sin limitaciones impuestas por el miedo y sin perder nunca el respeto por los demás. Vive con valores y principios, pero permite que la bondad, la humildad y la compasión sean también parte de tu fortaleza.

No necesitas ser perfecto para ser un buen hombre. Necesitas tener la humildad para reconocer tus errores, el valor para corregirlos y la sabiduría para aprender de cada experiencia. Nunca dejes de crecer, de cuestionarte ni de descubrir nuevas maneras de ser mejor.

Si algún día las circunstancias te hacen sentir solo, recuerda que llevas contigo una historia, una familia y un padre que siempre deseará verte bien. Aunque la distancia nos separe y la vida nos lleve por caminos diferentes, el amor que siento por ti no depende de la cercanía ni de la frecuencia con que podamos abrazarnos.

Ser tu padre es uno de los regalos más grandes que la vida me ha concedido. Verte crecer, acompañarte en tus primeros pasos y contemplar hoy el hombre en que te has convertido son recuerdos que guardaré conmigo hasta el último de mis días, los cuales además llevaré impresos en mi alma.

No sé cuánto tiempo me concederá la vida, pero sí sé lo que deseo dejarte: no riquezas ni posesiones que algún día puedan desaparecer, sino el recuerdo de un padre que te amó, que se sintió orgulloso de ti, que también cometió errores y que tuvo la humildad de reconocerlos.

Quiero que recuerdes que, antes de cualquier título, logro o reconocimiento que puedas alcanzar, eres mi hijo. Y que, por encima de todas las circunstancias, siempre habrá tu lugar para ti en mi corazón.

Te amo, hijo de mi corazón. Sigue adelante, levanta la mirada y camina con orgullo ante la vida. Persigue tus sueños, honra tus principios y no olvides nunca de dónde vienes ni el amor que te acompaña.

Con todo mi amor y con el orgullo inmenso de ser tu padre,

MarioG.