*Sobre el cansancio de vivir y la voluntad de seguir*
Te despiertas sin demasiadas ganas de hacerlo. Quisieras quedarte un rato más en la cama, prolongar ese breve refugio donde todavía no existen las obligaciones, las preocupaciones ni las incertidumbres que te esperan al otro lado de la mañana. Pero el cuerpo comienza a recordarte el paso de los años. Levantarse ya no parece tan sencillo como antes. O quizá no sea el cuerpo el que se resiste, sino el peso de tener que enfrentarte, una vez más, a una vida que no siempre se parece a la que imaginaste.
Por unos instantes lo piensas: podrías quedarte ahí, inmóvil, aplazando el encuentro con el mundo. Pero la realidad no acostumbra a concedernos demasiadas treguas. Hay responsabilidades que atender, cuentas que pagar y personas que dependen de nosotros. Los hijos, todavía pequeños, necesitan que alguien sostenga ese mundo que apenas comienzan a descubrir.
Entonces te levantas.
No necesariamente porque hayas recuperado el entusiasmo, ni porque de pronto encuentres una razón extraordinaria para hacerlo. Te levantas porque tienes que hacerlo. Porque, a veces, la vida no nos pide que estemos preparados, sino que demos el siguiente paso aun cuando no sabemos de dónde sacaremos las fuerzas.
Quizá te acompañe la esperanza de que hoy sea diferente. Que algo cambie, que las exigencias disminuyan, que el esfuerzo encuentre por fin una recompensa o que alguien reconozca el cansancio que llevas acumulado. Sin embargo, las horas comienzan a transcurrir y descubres que el día tiene sus propios planes. Las mismas urgencias, las mismas presiones, la misma indiferencia de un mundo que parece no advertir lo que ocurre dentro de nosotros.
Y vuelves a sentirte atrapado en esa rutina de la que tantas veces has querido escapar.
Recuerdo hace algunos años atrás, cuando mi país atravesaba por una situación de violencia imparable que llevaba décadas de haberse instalado. Era una mañana rutinaria, alguien interrumpió mis pensamientos al entrar en mi oficina. Venía a comunicarme que había decidido renunciar a su empleo en los próximos días. No era una decisión impulsiva. Llevaba meses considerándola y, finalmente, había llegado a la conclusión de que no podía continuar viviendo bajo la zozobra de la inseguridad que se ha instalado en nuestro pequeño y maltratado país.
—Me voy porque no quiero que mis hijos crezcan en un ambiente plagado de delincuencia —me dijo.
Lo tenía casi todo preparado. Había conversado con amigos y conocidos en el país al que pensaba emigrar, y había conseguido reunir algunos ahorros para sostenerse mientras encontraba un nuevo trabajo. No hablaba con la alegría de quien emprende una aventura, sino con la determinación de quien ha llegado a un límite.
Porque marcharse también tiene su precio.
Dejaría atrás a familiares, amistades, costumbres y esa pertenencia invisible que nos une al lugar donde nacimos. Hay algo de nuestra identidad que permanece ligado a la tierra donde aprendimos a nombrar el mundo, a las calles por las que caminamos por primera vez y a los rostros que forman parte de nuestra historia. Uno puede hacer las maletas, cruzar fronteras y comenzar de nuevo, pero no siempre consigue desprenderse de todo aquello que deja atrás.
Sin embargo, había una razón que pesaba más que cualquier otra consideración: un hermano suyo había desaparecido recientemente, víctima de aquella violencia, y desde entonces no había vuelto a saber de él.
Ante semejante dolor, ¿qué argumento podía ofrecerle para convencerlo de quedarse?
Me habría gustado decirle que las cosas mejorarían, que encontraría un futuro más prometedor sin necesidad de abandonar su tierra, que la seguridad y la tranquilidad regresarían algún día. Pero habría tenido que recurrir a una esperanza que yo mismo no podía garantizarle.
Así que le dije:
—Dale viaje. No te detengas. Si ya tomaste la decisión, ve en busca de lo que necesitas para ti y para tus hijos. No permitas que la nostalgia por lo que dejas atrás te impida construir lo que has venido a buscar.
Mientras pronunciaba aquellas palabras, algo de lo que le decía comenzó a resonar dentro de mí.
*Dale viaje. No mires atrás. *
Qué curioso resulta aconsejar a otros sobre decisiones que quizá nosotros mismos no hemos tenido el valor de tomar. Qué sencillo parece, desde la distancia, recomendar que abandonemos aquello que nos hace daño, que soltemos lo que ya no podemos cambiar o que dejemos de aferrarnos a una historia cuyo desenlace no depende de nosotros.
Pero ¿cuántas veces somos capaces de aplicar a nuestra propia vida las palabras que ofrecemos a los demás?
Aquel hombre se marchaba de su país buscando seguridad para sus hijos. Yo, en cambio, seguía sentado en mi oficina, enfrentándome a mis propias incertidumbres. Y aunque nuestras circunstancias eran distintas, encontré entre ambas una pregunta común: ¿cuánto tiempo podemos permanecer en un lugar, una situación o una forma de vida que nos desgasta antes de reconocer que necesitamos un cambio?
No siempre se trata de emigrar. A veces, la frontera que debemos cruzar no aparece en ningún mapa. Puede estar en una relación que ha dejado de hacernos bien, en un trabajo que consume nuestra tranquilidad, en una expectativa que nos empeñamos en sostener o en ese pasado al que regresamos una y otra vez, como si recordar lo ocurrido nos concediera la posibilidad de modificarlo.
No obstante, conviene hacer una distinción: dejar atrás no significa olvidar, ni mucho menos negar lo vivido. Hay experiencias que nos acompañarán siempre, ausencias que no terminan de resolverse y heridas que cambian nuestra manera de mirar el mundo. La cuestión no es borrarlas, sino evitar que se conviertan en el único lugar desde el cual podamos vivir.
Quizá el verdadero desafío consista en aprender a llevar nuestra historia sin permitir que ella decida por completo nuestro destino.
La interrupción de aquella mañana me hizo pensar también en quienes todavía no han tenido que enfrentarse a determinadas adversidades. Hay personas que viven sin experimentar de cerca la violencia, la enfermedad, la pérdida de un ser querido o la incertidumbre de no saber cómo resolverán las necesidades más elementales de su familia. No es que sus vidas carezcan de dificultades, sino que existen dolores cuya dimensión resulta difícil comprender hasta que llaman a nuestra puerta.
A veces creemos conocer el sufrimiento ajeno porque hemos escuchado su relato. Pero escuchar no siempre significa comprender. Hay realidades que solo alcanzamos a vislumbrar desde afuera, sin llegar a conocer el verdadero peso que tienen para quien las padece.
Por eso deberíamos ser más prudentes al juzgar las decisiones de los demás. No todos parten del mismo lugar, no todos disponen de las mismas oportunidades y no todos tienen la posibilidad de elegir entre alternativas igualmente favorables. En ocasiones, aquello que desde nuestra comodidad parece una renuncia puede representar, para otra persona, el último acto de responsabilidad y amor que le queda por realizar.
Antes de regresar a mis asuntos, recordé una reflexión que había leído tiempo atrás. Su planteamiento era sencillo: quizá nunca tengamos todo lo que deseamos, ni poseamos aquello que otros consideran indispensable; quizá alguien tenga lo que nosotros anhelamos y, aun así, carezca de algo que para nosotros resulta esencial. Al final, la diferencia no siempre está en lo que tenemos, sino en la manera en que vivimos con aquello que nos ha correspondido.
Pero tampoco quisiera convertir esta idea en una invitación a conformarnos.
Agradecer lo que tenemos no significa renunciar a lo que necesitamos cambiar. Encontrar felicidad en las cosas sencillas no nos obliga a aceptar la injusticia, el abuso o las circunstancias que destruyen nuestra tranquilidad. Hay una diferencia importante entre aprender a vivir con nuestras limitaciones y resignarnos a que sean otros quienes determinen hasta dónde podemos llegar.
La felicidad quizá no consista en alcanzar la vida que alguna vez imaginamos, sino en descubrir quiénes podemos llegar a ser con la vida que realmente tenemos. Y eso exige algo más que una actitud optimista: requiere honestidad para reconocer lo que nos duele, lucidez para distinguir aquello que podemos cambiar y valor para actuar cuando permanecer se ha vuelto más costoso que partir.
Aquel hombre había llegado a una conclusión. Yo todavía tenía preguntas.
Y entre ellas apareció una que no pude apartar de mi pensamiento: ¿cuántas mañanas nos levantamos por verdadera voluntad de vivir y cuántas simplemente porque no encontramos una alternativa?
Tal vez no exista una respuesta definitiva. Hay temporadas en las que nos mueve el entusiasmo, otras en las que nos sostiene el amor y algunas en las que apenas conseguimos avanzar gracias a la disciplina, la necesidad o el compromiso con quienes dependen de nosotros. No todas las mañanas tienen que estar llenas de esperanza para que merezca la pena vivirlas.
Lo importante es no confundir la obligación de seguir adelante con la obligación de permanecer siempre en las mismas circunstancias.
Porque vivir no significa soportarlo todo. Tampoco significa abandonar cada vez que las cosas se vuelven difíciles. Significa aprender a reconocer cuándo debemos resistir, cuándo necesitamos detenernos y cuándo ha llegado el momento de tomar otro camino.
Quizá mañana vuelva a despertarme con el mismo cansancio. Tal vez las obligaciones continúen esperándome y las incertidumbres no hayan desaparecido. Pero puedo intentar algo distinto: dejar de esperar que el día cambie por sí solo y preguntarme qué puedo hacer yo para vivirlo de otra manera.
No siempre tendremos la oportunidad de empezar de nuevo en otro país, en otro trabajo o junto a otras personas. Pero, incluso dentro de una realidad que no podemos transformar por completo, todavía podemos revisar nuestras decisiones, cambiar algunas prioridades y dejar de cargar con aquello que ya no nos corresponde.
Al final, cada día nos coloca frente a una elección, aunque no siempre sea tan sencilla como parece: continuar viviendo de manera automática o detenernos a examinar qué estamos haciendo con el tiempo que nos queda.
Porque el tiempo no se detiene mientras resolvemos nuestras dudas. Los años pasan, el cuerpo cambia, las personas se marchan y algunas oportunidades no vuelven. Y un día podemos descubrir que hemos dedicado demasiado tiempo a sobrevivir, olvidando preguntarnos qué necesitábamos para sentirnos verdaderamente vivos.
Hoy es el otro día.
No sé si será mejor que el anterior. Tampoco puedo asegurar que mañana encuentre todas las respuestas que hoy me faltan. Pero quizá no necesite tenerlas todas para comenzar.
Tal vez baste con levantarme, mirar de frente lo que me espera y recordar que no estoy obligado a vivir todos mis días de la misma manera.
Y si en algún momento descubro que el camino que sigo me aleja demasiado de mí mismo, ojalá tenga el valor de reconocerlo.
Entonces sí: darle viaje, soltar lo que deba soltar y continuar.
No para huir de mi historia, sino para impedir que mi historia me impida seguir viviendo.
Porque el día de hoy no es una repetición exacta del que pasó. Es una nueva porción de vida que, aunque no haya pedido recibir, todavía puedo decidir cómo habitar.

