«Con el tiempo aprendemos que no todo lo que un día fue importante tiene que acompañarnos para siempre. Hay etapas, relaciones, proyectos e incluso ideas de nosotros mismos que cumplen su propósito y después necesitan quedar atrás. Soltar no siempre significa renunciar; a veces significa hacer espacio para lo que todavía puede llegar.»
Con el tiempo aprendemos que no todo lo que un día fue importante tiene que acompañarnos para siempre. Hay etapas que llegan para enseñarnos algo, personas que aparecen para compartir una parte del camino, proyectos que nos entusiasman durante un tiempo e incluso versiones de nosotros mismos que alguna vez fueron necesarias para poder llegar hasta donde estamos. Sin embargo, a veces nos aferramos a lo conocido simplemente porque nos cuesta aceptar que algo ha cumplido su ciclo. Confundimos permanecer con ser fieles, cuando en realidad también puede existir fidelidad hacia nosotros mismos cuando reconocemos que ya es momento de avanzar. No todo lo que termina fue un error. Algunas cosas simplemente cumplieron su propósito. Una relación pudo habernos enseñado a amar, un proyecto pudo habernos ayudado a crecer y una etapa difícil pudo habernos convertido en la persona que somos hoy. Que algo termine no borra el valor que tuvo mientras estuvo presente. Soltar tampoco significa olvidar ni negar lo vivido. Significa aceptar que nuestra historia continúa y que no podemos avanzar hacia lo que viene si permanecemos aferrados a todo lo que dejamos atrás. A veces necesitamos cerrar una puerta no porque detrás de ella haya algo malo, sino porque delante de nosotros existe un camino que todavía no hemos recorrido. Quizá una de las formas más profundas de madurez sea comprender que dejar ir no siempre es perder. A veces soltar es hacer espacio para que la vida pueda sorprendernos con aquello que todavía no sabemos que necesitamos.

