«La experiencia no consiste en dejar de equivocarnos. Consiste en aprender a reconocer antes las señales, aceptar con humildad cuando algo no salió como esperábamos y decidir mejor la próxima vez. Los años no nos hacen infalibles; deberían hacernos más conscientes de nuestras decisiones.»
La experiencia no consiste en dejar de equivocarnos. Consiste en aprender a reconocer antes las señales, aceptar con humildad cuando algo no salió como esperábamos y decidir mejor la próxima vez. Durante mucho tiempo creemos que tener experiencia significa haber aprendido a evitar todos los errores. Con los años descubrimos que no es así. Seguimos equivocándonos, tomando decisiones que después cuestionamos y entrando en caminos que quizá, con lo que hoy sabemos, habríamos recorrido de otra manera. Pero algo cambia. Empezamos a reconocer señales que antes ignorábamos. Aprendemos a escuchar esa incomodidad que aparece cuando algo no está bien, a detenernos antes de actuar por impulso y a preguntarnos si aquello que estamos eligiendo realmente corresponde con lo que queremos para nuestra vida. También aprendemos a aceptar que no todas nuestras decisiones tendrán el resultado que imaginamos. Y reconocerlo no nos hace menos capaces. Al contrario, admitir un error requiere muchas veces más fortaleza que intentar justificarlo. La experiencia no elimina nuestras equivocaciones; transforma la manera en que las enfrentamos. Nos ayuda a dejar de buscar culpables, a asumir nuestra parte, aprender de lo ocurrido y seguir adelante sin cargar innecesariamente con aquello que ya no podemos cambiar. Porque los años, por sí solos, no nos vuelven sabios. Lo que nos hace crecer es lo que hacemos con lo vivido. La verdadera experiencia no se mide por cuántas veces hemos acertado, sino por cuánto hemos aprendido a observar, decidir y corregir antes de volver a equivocarnos de la misma manera.

