Hay temporadas en las que la lluvia parece olvidarse de nosotros. El calor aprieta, la tierra se agrieta y esperamos esa gran lluvia que vuelva a llenar los ríos y a reverdecer los campos. Pero quizá la vida quiera enseñarnos algo con esta sequía: no siempre necesitamos una tormenta para volver a florecer. A veces basta una pequeña gota. Una palabra que llega en el momento preciso.
Una persona que nos tiende la mano.
Una oportunidad inesperada.
Una sonrisa.
Un instante de paz.
También nosotros podemos secarnos por dentro cuando dejamos de valorar esas pequeñas gotas que la vida nos ofrece. Por eso, cuando llegue una pequeña lluvia, no la desprecies porque no sea suficiente. Disfrútala. Recíbela. Agradece cada gota. Porque quizá aquello que parece poco sea justamente lo que necesitas para volver a florecer. La vida también se nutre de lo pequeño.

