Ella, la que vive dentro de mi

Hay una que vive dentro de mí, en mi cabeza que me acompaña todo el tiempo. No sé exactamente cuándo comenzó a hablarme, ni recuerdo haberla invitado a quedarse. Simplemente está ahí. A veces me habla mientras camino, mientras conduzco, mientras estoy sentado sin hacer nada. Otras veces aparece justo cuando intento dormir. Nunca parece cansarse.

Me habla de lo que ocurrió, de lo que pudo haber ocurrido y, sobre todo, de lo que podría ocurrir. Construye conversaciones que nunca tuve, encuentros que quizá nunca tendré, respuestas que debí haber dado y situaciones que probablemente jamás sucederán. Es capaz de llevarme en segundos a lugares en los que nunca he estado y hacerme sentir emociones provocadas por cosas que solamente existen dentro de mi imaginación.

Y también es la responsable de muchas de las cosas que escribo.

A veces una frase aparece sin que la esté buscando. Una idea llega de repente y comienza a crecer. Ell empieza a hablar y yo simplemente la escucho. Entonces tomo una hoja, abro el computador o escribo en el teléfono e intento seguirle el paso. Muchas veces siento que no soy yo quien escribe, sino que soy apenas quien traduce lo que ella va diciendo. Pero no siempre quiero escucharla.

Hay días en que quisiera apagarla. No discutir con ella, no responderle, no seguir cada una de sus historias. Simplemente dejar de prestarle atención. Porque una mente que nunca descansa también puede convertirse en una carga. Hay pensamientos que regresan demasiadas veces, preguntas que no necesitan respuesta y escenarios imaginarios que terminan ocupando un espacio que podría estar destinado a vivir el presente.

He aprendido, sin embargo, que quizá no se trata de hacerla callar. Tal vez se trata de aprender a no obedecer todo lo que dice. Porque una cosa es escuchar nuestros pensamientos y otra muy distinta es creer que cada pensamiento merece nuestra atención. La mente puede inventar posibilidades, recuerdos, temores y deseos con una facilidad extraordinaria. Algunos merecen ser escuchados. Otros solamente necesitan pasar.

Quizá ella sea una parte de mí que nunca aprendió a quedarse completamente en silencio. Y quizá, después de tantos años, tampoco quiero que desaparezca del todo. Porque ella, que algunas veces me agota, es la que me permite imaginar, recordar, crear y escribir.

Tal vez mi tarea no sea expulsarla, sino aprender a convivir con ella. Escucharla cuando tenga algo que decir. Dejarla pasar cuando solamente esté haciendo ruido. Y, de vez en cuando, decirle: “Ahora no. Hoy quiero vivir lo que está ocurriendo fuera de mi cabeza.” Porque quizá la verdadera libertad no consiste en dejar de pensar, sino en poder decidir cuáles de nuestros pensamientos merecen que les abramos la puerta.

Ella es, a la quien yo llamo, “la voz”.